La osadía de Amós.

Kasbah en el valle del río Ounila, paso natural del Alto Atlas. 26 febrero, 2012

Hay estudiosos que opinan que Amós era rico y que su posición desahogada le dió la oportunidad de cultivarse. No solo criaba al ganado, también era el propietario de la explotación, el terratenienteEn su dehesa de sicomoros, una especie de higuera silvestre, pastaban las reses. 

Su desahogada situación económica explicaría que le sobrara tiempo y recursos para cultivar también el intelecto, ocupación, por cierto, bastante inusual por aquel entonces. Ese retiro poco lucrativo pero provechoso le condujo a un gran descubrimiento.


Llanura de Ouarzazate, al sur del Alto Atlas. 26 febrero, 2012

La mentalidad humana en tiempo de Amós, siglo VIII a. C., creía que las cosas acontecen por la caprichosa y oscura voluntad de los dioses; divinidades que no habitan el mundo tangible y patente de los hombres sino un trasmundo solo accesible mediante técnicas que apagan el estado mental normal y suscitan un estado anormal de ensueño o alucinación. La averiguación de la verdad era una ocupación que correspondía a los videntes o visionarios.
 
Amós no comparte en absoluto esa creencia, no cree que Dios se comunique con los hombres por esas vías. Todo lo contrario, la verdad (y para él la verdad es la voluntad de Dios) es accesible al entendimiento por medio del más simple y elemental discernimiento, el cual distingue con claridad lo que es bueno de lo malo, lo que es justo de lo injusto.

Buscad el bien en lugar del mal
y el Señor estará con vosotros
Odiad el mal, amad el bien,
instalad en el tribunal a la justicia
y el Señor se apiadará de vosotros
                          Libro de Amós, 5, 14-15


Ait Benhaddou, valle del Ounila, paso natural hacia Marrakech desde el desierto. 26 febrero, 2012


En la soledad de su retiro (“El Señor me tomó aparte del rebaño…” 7,15), Amós descubre que la verdad es accesible al hombre honesto que desea conocerla. Este hallazgo cambiará su vida. Inspirado por el regalo divino, compone versos de una elegancia clásica. La palabra de Dios resuena en su mente como el rugido de un león, un rugido que no puede ser acallado:

El Señor habla
¿quién no profetizará?
 Libro de Amós 3,8

Pero Amós no se quedó deleitándose con sus versos a la sombra del sicomoro. Al sentirse depositario no de ensoñaciones sino de unos mensajes claros que reclamaban ser revelados, abandona su negocio y se dirige raudo al vecino reino del norte. Un reino donde los ricos y los poderosos, sin ninguna amenaza externa a la vista, viven un momento de prosperidad económica solo comparable a la época del rey Salomón. Un período también en que la desigualdad y la injusticia alcanzaron proporciones escandalosas.


Ait Benhaddou, valle del Ounila, paso natural en Alto Atlas 
hacia Marrakech. 26 febrero, 2012


Lo que profetiza en Betel es aterrador: El reino de Israel tienen sus días contados. Y efectivamente, 30 años después de la muerte del rey Jeroboam II, la profecía se cumple y Asiria lo borra del mapa para siempre. 

Amós declara con toda claridad y formalidad que sin verdad, la vida de los hombres no tiene futuro. Todo lo que se construye dando la espalda a la justicia y sin mirar el bien común no solo tiene fecha de caducidad sino también un final desastroso. Lo dice con la frescura del hombre que está alerta y no narcotizado ni en trance. Su discurso y su figura irritan sobremanera al sacerdote del santuario, Amasías, que lo conmina a volverse a su país.

A los hombres les interesa conocer la verdad porque les va la vida en ello. Sin embargo, con una frecuencia patéticamente predecible prefieren prescindir de ella o ignorarla, acarreando con ello funestas consecuencias. Así aconteció en tiempos de Amós y así ha ocurrido siempre (véase la entrada del blog: “a crippling debt”).

Con Amós surge un tipo de hombre nuevo en la historia, aquel que tiene el coraje de proclamar la simple y desnuda verdad aún a sabiendas de que ello resultará antipático, incómodo y le acarreará problemas. Por su osadía, los estudiosos del pensamiento humano lo consideran el primer “intelectual”, el precursor con todo merecimiento de aquellos que Aristóteles llamó los “Siete Sabios de Grecia”, los primeros filósofos (siglo VII a. C.), con Tales de Mileto a la cabeza.


La aventura de Amós abrió también un camino nuevo, no explorado nunca hasta entonces, la vía de aquellos que no se quedan en la contemplación extática de la verdad sino que toman impulso y se lanzan a transformar la realidad.