El ser y las formas de ser (I): el "lugar" de lo razonable.

Mont Saint-Michel, 27 de julio de 2020


Preguntar directamente por el ser convierte, curiosamente, la cuestión en algo intrincado y escabroso; por ello, preferimos un enfoque más asequible: indagar sobre sus formas. Este cambio, lejos de ser una ocurrencia, se ha gestado desde la Ilustración y dio sus frutos a comienzos del siglo pasado, impulsado por la crisis del racionalismo y las aportaciones de escuelas "periféricas" como la de Kioto (Nishida Kitaro, Nishitani, Shizuteru Ueda) y la de Madrid (García Morente, Ortega y Gasset, Xavier Zubiri).


Sin cosas no hay conocimiento. El conocimiento no lo es de cosas

Descartes sostenía que el pensamiento era el “Lugar Absoluto”. Sugiriendo que, en última instancia, todo lo existente no es sino pensamiento. Esta premisa, pilar del idealismo, por ser formulada usando la negación ha sido tildada de nihilista. Una tesis, por lo demás, sumamente difícil de refutar.

Desde esta óptica, el idealismo concibe a la conciencia como un espectador o 'notario' universal: nada de lo que presencia le es ajeno, pues todo son sus propias ideas. Así, el conocimiento se convierte en una actividad puramente inmanente: un saber sobre ideas, no sobre cosas.

Kant, aunque partía del credo idealista, planteó una objeción crucial: mi idea de un objeto no es solo mía (inmanente), sino que también pertenece al objeto (trascendente). Por paradójico que resulte, el conocimiento no solo expresa algo propio sino también algo extraño. La averiguación daba la razón a la coincidentia oppositorum de Nicolas de Cusa y para Kant, un idealista sin fisuras, representaba un problema mayúsculo que no podía pasar por alto.

Para resolverlo, Kant determinó que la 'cosa en sí' es incognoscible y permanece fuera del pensamiento. Lo que conocemos es la cosa tal como se manifiesta ante nosotros: el fenómeno. Por tanto, el conocimiento no es estrictamente inmanente ni puramente trascendente, sino trascendental. Lo más relevante de este giro es que Kant, en lugar de descartar lo trascendente como una mera hipótesis, admite que, sea lo que sea, la realidad externa deja una huella imborrable en nuestro pensamiento.

La hazaña copernicana 

Hasta la Ilustración, la filosofía gravitaba en torno al ser: su obsesión era definir qué es la realidad: la naturaleza, lo humano, lo divino… La metafísica era la reina de las disciplinas. Sin embargo, con Kant el eje se desplaza: antes de preguntarnos qué es la realidad, debemos aclarar cómo la conocemos. El problema del conocimiento —y su carácter trascendental— pasa a primer plano. Lamentablemente, esta tarea quedó inconclusa tanto en Kant como en el idealismo posterior.

Desde entonces, la cultura occidental parece haber dado la espalda a la realidad como objeto directo para centrarse en la teoría del conocimiento. Las consecuencias de este cambio de rumbo no son solo imaginables; son visibles en la historia de los últimos tres siglos. Pero retomemos el hilo.

El idealismo trascendental tuvo el acierto de vislumbrar dos verdades: primero, que conocer es unir dos opuestos (lo trascendente y lo inmanente); y segundo, que el saber es más amplio que el simple pensamiento. Pero esta segunda revelación, como vimos, solo complicaba el enigma.

¿Cómo intentó Kant resolver este enredo?

Aunque lo "trascendental" unía la trascendencia y la inmanencia, quedaba un cabo suelto: explicar la "donación" de las cosas. Sin algo que las cosas nos "entreguen", la razón no tiene nada que procesar. El realismo antiguo resolvía esto mediante la adaptación: la mente (inmanente) se amoldaba a la realidad (trascedente).

Kant rompe con esto. Para él, la realidad en bruto es caos y desorden; si la razón intentara adaptarse a ella, el conocimiento mismo se volvería irracional. Su solución fue la hazaña copernicana: un giro radical en la relación de fuerzas.

No es la razón la que se rinde a las cosas. Son las cosas las que deben someterse y volverse "razonables". Kant afirma, con audacia, que la realidad debe ajustarse a la estructura de nuestra razón. Dado que a las cosas les es indiferente la lógica humana, la razón asume el papel de legisladora: es ella quien dictamina¹ cómo debe ser la realidad para que podamos comprenderla.

En conclusión, no conocemos las cosas como son en sí mismas, sino como deben ser. El conocimiento es el veredicto que la razón impone sobre la forma de los objetos. Lo trascendente —la realidad externa— no pasa de ser una conjetura hasta que la razón le otorga su ciudadanía trascendental.


¹El carácter "dictatorial" de la razón ilustrada, puesto en práctica en Occidente en los dos siglos posteriores y en especial en el XX, a través de las ideologías, dejaba ya entrever, según Ortega, al vikingo que Kant llevaba dentro.

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